Publicado el: 26/09/26
Querido Bernard.
Ya hemos inaugurado en UFCA tu exposición, Los Paisajes de Paquita.
Muchos amigos nos volvimos a reencontrar un año más para celebrar la fotografía.
Para UFCA es un honor inmenso poder mostrar estas fotografías. Desde Algeciras, desde la periferia, llevamos muchos años intentando hacer algo tan sencillo como necesario, difundir la cultura fotográfica con amor y pasión. Por eso tiene un significado especial que una obra como la tuya pueda estar aquí. Para nosotros es un premio al trabajo bien hecho durante años.
Son fotografías que hablan de un lugar, de una época, de una familia y de una vida compartida. Fotografías que Françoise conservó durante tantos años y que ahora, después de todo este tiempo llegan hasta nosotros.
Me hubiera encantado que estuvieras con nosotros en la inauguración, que conocieras nuestra humilde sala y a nuestra gente, pero te entiendo perfectamente y respeto tu descanso.
Ayer inauguramos la exposición y hoy he dado una charla contando nuestra aventura. Desde aquel primer email que te envié, pasando por mi viaje a Marsella para recoger las copias en tu casa, hasta cómo poco a poco se fue fraguando el libro. Hablamos también de tus fotografías, de tu manera de mirar y, sobre todo, de tu forma de entender la vida y la fotografía.
Puse también el extracto del documental de Eduardo Momeñe. Fue muy emocionante volver a ver aquellos paisajes de Almería y verte allí, tantos años atrás, junto a Françoise y con los niños jugando en la playa. Ahora esas imágenes forman parte también de nuestra memoria en UFCA.
También hubo tiempo para contar el día que pasé en tu casa, no lo olvidaré jamás. Fuiste muy generoso. No solo porque nos recibieras y nos abrieras las puertas de tu casa, sino por todo lo que compartiste durante aquellas horas. Cuando llegué al hotel escribí algo, con la intención de conservar un recuerdo claro de lo que allí había pasado, para que no se me olvidara nunca.
Aquel texto ha estado guardado todo este tiempo y hoy, con la exposición ya inaugurada, he pensado que era el momento de compartirlo.
Gracias, Bernard, por tu generosidad, por tu confianza y por permitirnos formar parte de esta historia.
Un abrazo desde Algeciras.
Tu amigo Eduardo





El día que conocí a Bernard Plossu
Hay días que no suceden, se quedan. Este es uno de ellos.
Viajar hasta Marsella, tomar un tren hacia La Ciotat.
Arriba, al final de unas escaleras, estaba él.
Gorro, gafas oscuras, abrigo amplio.
Como si llevara años esperando en ese mismo lugar.
Nos reconocimos sin habernos visto nunca.
—Eras el único con cámara.
Y entonces empezó a hablar.
Como si las palabras también llevaran tiempo esperando salir.
La estación. Los hermanos Lumière. El cine naciendo en ese mismo sitio.
Y yo, intentando no perderme nada, sabiendo ya que lo perdería todo un poco.
Porque hay días que desbordan.
En el coche, el pan, la carne, la vida cotidiana convertida en ceremonia.
Preguntas sencillas: tu mujer, tus hijos.
Y en medio, la cámara:
—¿Analógica?
—Digital.
(Un gesto leve, casi una sonrisa.)
—Pero pienso en analógico.
—Ah… eso está bien.
Y seguimos andando.
Su casa apareció.
Primero el jardín, luego las voces, luego sus hijos.
Nombres que yo ya conocía de las fotografías, pero que ahora respiraban, hablaban, miraban.
El tiempo, de pronto, tenía cuerpo.
Dentro, el caos.
O lo que desde fuera parece caos.
Porque en realidad era otra cosa: una vida entera desbordada en las paredes, en las mesas, en las cajas, en los libros.
—Aquí todo está desordenado… pero yo sé dónde está cada cosa.
Y le creí.
Pedí permiso para fotografiar.
Como quien pide permiso para tocar.
—Fotografía lo que quieras.
Entonces entendí que estaba dentro.
Cada objeto abría una historia.
Cada fotografía contenía otra vida.
Cada rincón era un desvío imposible de ignorar.
Quería verlo todo.
Pero “todo” no cabe en un día.
—Quédate una semana.
Lo dijo como si fuera lo más natural del mundo.
Y por un instante lo creí posible.
El estudio.
La mochila de su padre.
Las copias Fresson.
Los libros acumulados como capas de tiempo.
Y, en silencio, la presencia de Françoise Nuñez.
Su laboratorio.
Sus copias.
Su ausencia llena.
—Ella hizo el 80% de mis copias.
La frase quedó suspendida.
Como si todavía siguiera ocurriendo.
Yo fotografiaba fragmentos.
Pequeñas elecciones dentro de lo inabarcable.
—Tienes buen ojo.
Y algo dentro de mí se descolocó.
Después, el desierto.
California.
Los años 70.
El polvo como paisaje y como idea.
Y el eco de ese mismo polvo en Almería.
Todo conectado sin necesidad de explicarse.
Hablamos de archivos, de museos, de futuro.
De lo difícil que es soltar lo que ha sido tu vida.
Luego, por fin:
Las fotos.
En la cocina.
La luz justa.
El Jardín de polvo almeriense extendido sobre la mesa como un secreto compartido.
Y yo, mirándolas como un niño que aún cree en los milagros.
—Confío en ti.
Me dejó solo con ellas.
Como si mirar también fuera una forma de responsabilidad.
Elegir.
Descartar.
Dudar.
Mientras, en otra habitación, alguien cocinaba.
Comimos.
Bebimos vino.
Hablamos de todo menos de fotografía.
Como si la fotografía ya lo hubiera dicho todo.
Volvimos a las imágenes.
—Esta no. Es demasiado fácil.
Y tenía razón.
Porque lo importante nunca es lo evidente.
Las últimas imágenes no fueron las suyas, sino las nuestras.
Él con mi cámara.
Nosotros dentro de su día.
Y después, el regreso.
El coche.
La estación.
La luz cayendo.
—Es la primera vez que siento que estoy viejo.
Pero he tenido una vida muy intensa.
No sonaba a tristeza.
Sonaba a verdad.
A una verdad serena.
Nos despedimos.
Pero hay días que no terminan.
Se quedan.
Y este,
este sigue aquí.

