Conversando con… Juan Manuel Diaz Burgos

PARA CONOCER A JMDB HAY QUE VER SUS FOTOGRAFÍAS, POR SUPUES­TO, Y CONOCER EL GRAN TRABAJO QUE HA REALIZADO AL FRENTE DEL CEHIFORM; PERO SOBRE TODO HAY QUE SENTARSE CON ÉL Y CONVER­SAR, ESCUCHARLO HABLAR SOBRE PERÚ Y SANTO DOMINGO, REGOCI­JARSE CON SU PERFECTO ACENTO CUBANO Y REÍRSE MUCHO CON SUS ROCAMBOLESCAS HISTORIAS DE FOTÓGRAFO PROVISTO DE UN BUEN PAR DE BOTAS DE AGUA PARA METERSE EN TODOS LOS CHARCOS. A FALTA DE UN BUEN VINO QUE COMPARTIR CON ÉL, LES OFRECEMOS ESTA INTERESANTE ENTREVISTA  PUBLICADA EN LA REVISTA “AZ” DEL ARCHIVOMUNICIPAL DE ALGECIRAS.

 

–¿Qué conclusiones ha sacado de su trabajo como conservador de imágenes del pasado?

Tendría que responderle a la pregunta desde una doble vertiente. La primera, es la de sentirme enormemente satisfecho por haber sido la persona que dirigió la creación del Centro Histórico Fotográ­fico de la Región de Murcia (CEHIFORM); orgulloso por toda la labor realizada desde su dirección técnica, dándole sentido y orientación a su filosofía conservadora, a la vez que divulgadora, hasta el último día de mi compromiso del que, como todo el mundo sabe, fui rele­vado por cuestiones, digamos extrañas. Y en segundo lugar, haber tenido la inmensa fortuna de descubrir en trabajos de investigación a muchos colegas, en su mayoría absolutos desconocidos, que a día de hoy, y como consecuencia de mi trabajo, se les reconoce un es­pacio y lugar dentro de la memoria colectiva regional y nacional. El descubrimiento de muchos de estos tesoros, su estudio, limpieza y conservación es un privilegio que solo unos pocos sabemos valorar y, lo que es más importante, sentirlo.

Conversando con... Juan Manuel Diaz Burgos

–Para conocer el pasado: ¿una imagen o mil palabras?

Conforme me hago más viejo creo hacerme menos radical y eso, le juro, empieza a preocuparme. Y digo esto porque no creo que haya que elegir de manera tajante una cosa, u otra. Conocemos, por ejemplo, la guerra cantonal que se sufrió en mi tierra, la conocemos a través de documentos históricos, de relatos literarios como los de Ramón J. Sender etc., y los que tenemos una cierta edad, hasta por los relatos familiares de nuestros antepasados; pero si a todo esto le añadimos que un buen día, el magnifico fotógrafo lorquino José Rodrigo recaló en nuestro puerto al regreso de un viaje de Valencia, y aprovechó para dejarnos un importantísimo legado fotográfico de la Cartagena que se encontró después del asedio y bombardeo a que fue sometida, sin duda tendremos una gran ayuda para cono­cer con mayor exactitud la historia y nuestro pasado.

Pero claro, si tuviera inexcusablemente que definirme por una, en­tenderán que lo haga por la imagen, aunque solo fuera por defor­mación.

 

–¿Cree usted que existe la verdad histórica? ¿Qué aporta la foto­grafía al conocimiento de dicha verdad?

Estamos asistiendo en los últimos años a una verdadera fiesta de la manipulación. Verdades claras, sencillas y transparentes que se manipulan sin rubor alguno y con cierto éxito en algunos casos. Los fotógrafos tendrían que aferrarse a la verdad, y aún sabiendo que hay diferentes maneras de mirar, intentar ser sinceros y honestos a la hora de contar, y esto creo que puede ser un modelo de compor­tamiento aplicable tanto a la fotografía como a la política.

En cuanto a la aportación de la fotografía al conocimiento de la verdad, es tan relativa como su propia historia. A través de su valor documental ha dejado testimonios que nadie cuestiona, pero tam­bién somos conocedores de su poder de manipulación, y aún más actualmente, en esta iniciada era digital.

 

–¿Son pueblos sin historia (contemporánea, claro) aquellos que no poseen imágenes de su pasado? ¿Serán pueblos sin historia aque­llos que no posean cámaras fotográficas?

Pues por lo anteriormente contado, claro que creo que aquellos pueblos que no posean cristales en donde poder ver el reflejo de sus antepasados, como vivían, vestían, como eran sus rostros y sus devociones, son pueblos con una carencia cultural importante. Nuestra historia más reciente, de un siglo para atrás aproximadamente, se escribe a golpe de imágenes y nadie discute que los pueblos que más cultura poseen son aque­llos que, curiosamente, tienen un mayor le­gado fotográfico. Por lo tanto, creo que la fotografía es un acervo histórico que va uni­do al propio progreso de los pueblos. Basta sólo un pequeño repaso a la historia de la fotografía, para conocer lo mucho que ha supuesto desde su creación.

Conversando con... Juan Manuel Diaz Burgos

–Primero fue la tradición oral; después la escrita. ¿Toma el testigo la fotografía como medio para narrar las aventuras del género humano sobre la tierra o sólo es un comple­mento, un mero adorno?

Es simplemente otra manera de narrar, unas veces distinta, otras complementaria. Yo estoy seguro que de haber tenido faci­lidad para poder expresarme con las letras no hubiera buscado excusas para ir con mi cámara a narrar las bondades y miserias, las alegrías y las penas, en definitiva, la vida de los que nos rodean.

Envidio a todos aquellos que nos hacen so­ñar con sus relatos literarios, y por otro lado, me siento un privilegiado por haber podido contar a golpes de fotos parte importante de mis sentimientos o sueños, en las publi­caciones que he tenido la suerte de editar. He tratado siempre de que mis libros fueran mas un producto de un relato visual que el estallido de unas deslumbrantes imágenes por bonitas o espectaculares que éstas fue­ran.

 

–¿Es positivo que cualquier ciudadano, gra­cias al acceso universal a la fotografía pro­piciado por la era digital, se convierta de la noche a la mañana en narrador de nuestro presente? ¿No sería equivalente a darle a un indígena un bolígrafo para que haga de periodista?

Yo creo que estamos ahora en pleno esta­llido de lo que yo llamo la tercera demo­cratización de la fotografía. La primera tuvo lugar cuando se inventó la reproducción; la segunda llegó con el descubrimiento y co­mercialización del negativo de paso univer­sal; y ahora estamos inmersos en la tercera con la aparición del formato digital.

Y pienso que todo lo que nos venga en este sentido es positivo. Es evidente que después el tiempo ira haciendo de mediador entre las partes y poniendo a cada uno en su sitio. Ni una persona no preparada podrá ejercer de periodista (bueno, con excepción de los mu­chos que aquí tenemos en la prensa amarilla), ni nadie que no lo sienta podrá ejercer de narrador visual de nuestra época, ni siquie­ra muchos de aquellos que lo desean. Por lo tanto, creo que solo aquel que es consciente de lo que hace y de cómo lo hace podrá te­ner sitio en ese espacio narrativo.

Siempre me acuerdo de una lluviosa tarde en la ciudad de Cuzco, en la que nos encon­trábamos Juanma Castro, Julia Chambi y yo. Estábamos positivando la obra del maestro Martín Chambi, en el laboratorio de su hija Julita, y para amenizar aquellos mágicos momentos ella nos relataba anécdotas de su papa. Hay una que siempre recordaré: con la voz delicada y suave Julita recordaba que su papá les decía con frecuencia que no podría dejarles a su muerte mucha plata, pero en cambio si creía legarles un peque­ño tesoro: sus placas fotográficas. Y esto lo decía cuando aún no había gozado de los merecidos reconocimientos que, a posterio­ri, la historia fotográfica le otorgó.

Ése es para mí el ejemplo más determinan­te del sentimiento de alguien que sabe y es consciente de la importante labor que ha desarrollado, y aun cuando siente que le lle­ga la hora de irse avisa a sus hijos de que al menos tengan presente su trabajo para un futuro próximo. Nadie mejor que él narró para la historia universal de la fotografía el periodo de tiempo que le toco vivir.

Por mi parte, confío mucho más en aquel pequeño gran hombre, un sabio y honesto indígena aimara nacido en el fin del mundo andino, que en cualquier necio urbano.

 

–¿Cuál es la mejor fotografía histórica que recuerda? ¿Y el mejor retrato?

Seria recurrente decir que son muchas de las que podría hablar, pero es la verdad. No obstante, y barriendo para casa, voy a citar dos fotos, para mi muy cercanas por di­versos motivos: la primera realizada por el mejor fotógrafo de la época en Cartagena: José Casaú. Se trata de una imagen datada hacia 1930, y en la misma aparece un grupo de personas en plena calle Mayor, delante del local taurino de la Peña X. En aquella foto descubrí la presencia de mi abuelo Manuel Burgos, sevillano de nacimiento, buena gente y fiel militar, al que no pude conocer porque así lo quiso el glorioso Movimiento cristiano y apostólico. Además de una calidad técnica fuera de dudas, que reúne documento, composición y luz en el mismo plano, la imagen posee para mí un gran valor a nivel personal, que la convierte en un poderoso icono que admirar.

En cuanto al mejor retrato, podría igualmente enumerar cientos de ellos pero me quedo con una imagen del fotógrafo totanero Fer­nando Navarro realizada a finales de siglo XIX, en la que se apre­cia un grupo de familiares en torno a un difunto dándole el último homenaje. Impresionante documento y foto que tiene para mí un valor añadido ya que fui el encargado, gracias a un trabajo de in­vestigación, de rescatarla para la historia fotográfica regional y na­cional. Puede que algunos entiendan que mi selección esté basada en criterios estrictamente personales, y es posible que así sea, pero por otro lado estoy ya un tanto harto de que solo se valore lo que nos viene impuesto de fuera. Reivindicar a quienes están más que reivindicados es jugar a ganador, además de fácil, y a mi me gusta apostar por lo imposible.

 

–Los pueblos poderosos han viajado a los pueblos pobres y des­pués han contado su historia al mundo. ¿Cree usted que esta ten­dencia se multiplica con el uso de las imágenes? ¿Es el testimonio de los fotógrafos occidentales la verdad de lo que sucede en el Tercer Mundo?

Pero los fotógrafos no tienen la culpa de ello, no pueden ser los carteros de la historia. El fotógrafo se limita a interpretar el mundo que le toca vivir, lógicamente cada uno desde su trinchera personal forjada por muchos aspectos culturales que afortunadamente nos hacen ser muy diferentes ante un mismo hecho, y eso me parece enriquecedor. Pero, en definitiva, él propone con sus imágenes la realidad que interpreta. Otra cosa bien distinta es el sentido que otros den a esas imágenes: podríamos nombrar aquí a curadores, organizadores de eventos, etc. Y si nos referimos al mundo de los medios de comunicación los propios periodistas son, en muchos casos, los responsables máximos de la manipulación que de una imagen se pueda hacer sólo con recortar o asignar un pie de foto.

Conversando con... Juan Manuel Diaz Burgos

–¿Qué pinta una cámara en medio de una guerra?

Pues que se lo digan por ejemplo a mi buen amigo, extraordina­rio fotógrafo y aún mejor persona Gervasio Sánchez. Seguro que revisando su obra y, lo que es más importante, su compromiso nos damos cuenta de que, por mucho que nos duela ver algunas de esas imágenes, gracias a personas como él han cambiado algunas cosas. Jamás he sido partidario de la fotografía sensacionalista, de la sangre por la sangre. Llegar al corazón de la gente de esa manera me parece terrible. Otra cosa bien distinta es el planteamiento y el compromiso de gentes como Gervasio. Él con su trabajo justifica y da sentido a una cámara en medio de una guerra, honra la profesión y justifica el procedimiento.

 

–Si al indígena le dieran una réflex veríamos el mundo (su mundo) de otra manera? ¿Cambiaría de manos la verdad? ¿Seguiría siendo la misma de siempre?

Pues claro que veríamos otro mundo. Ensayos sobre este tema los ha habido ya, y posiblemente el más importante es el proyecto TA­FOS (Taller de Fotografía Social) organizado en las cercanías de Lima y el pueblo cuzqueño de Ocongate. En cerca de doce años que duró, hasta 1998, se realizaron un total de ciento cincuenta mil negativos, tirados por miles de peruanos que un día recibieron una cámara y, después de unas mínimas clases técnicas para aprender el manipulado técnico, salieron a la calle a reflejar sus diferentes mundos (aunque me temo que, por desgracia para ellos, no tan diferentes). Después de una cuidada selección esas miradas reco­rrieron el mundo. Y claro que se mostró otro Perú diferente a ese tan estereotipado que cada turista, de manera clónica, se trae.

Esas fotos eran el ADN de sus vidas, y no importaba si estaban des­enfocadas o «mal compuestas»: en ellas se había instalado la ver­dad. La verdad de sus propias vidas, esa que con tanto ahínco uno persigue cada vez que sale con la cámara en la mano. Es evidente que las cosas se pueden mostrar de muchas maneras pero aquellas que son mostradas desde la dura realidad, el compromiso o la pura convicción, al final resultan las más creíbles.

 

–La religión dividió la historia en un antes de Cristo y un después de Cristo. ¿Cree que podremos hablar de un AF y DF (antes y des­pués de la fotografía)?

Antes de la fotografía existían los libros, los pregoneros y los dibu­jantes, todos encargados de transmitir y enseñar cómo era el mun­do. A través de narraciones sensacionalistas, muchas de ellas carga­das de misterios y fantasía, mostraban como eran «los otros», qué rostros tenían y, sobre todo, dónde vivían. Se supone que cada uno aportaba a la información recibida su propia interpretación de esa realidad. Tuvo que ser emocionante imaginar el mundo no conocido a través de aquellos cauces informativos que, además, era un buen caldo de cultivo para farsantes, pícaros etc. De la ignorancia popular se aprovechan todos los poderosos, desde la iglesia hasta el Rey, y todos con el mismo fin: ganarse la voluntad de los desgraciados, unos para salvarles el alma del maligno demonio y los otros para sacudirles el bolsillo y poder costear la dura vida del gobernante.

Y a todo esto llega la fotografía y empieza a relativizar las cosas, a mostrarnos como la realidad tal y como es: desde el París de fi­nales del siglo XIX hasta los efectos de la re-concentración llevada a cabo por el general Weyler en Cuba. Claro que esto hizo más fuerte a la verdad y ayudó a abrir muchas mentes y a hacer más libres a las gentes. Y así, hasta llegar a hoy día, donde el progre­so de los medios de captación es tan brutal que parecemos esperar, de un momento a otro, la llegada del canal que sea el prime­ro en mostrar una película porno en tres di­mensiones. La vida ha cambiado muchísimo y una parte de culpa la tiene aquel francés, de nombre Niepce, que un día tuvo la feliz ocurrencia de usar el betún de judea.

 

–¿Están los fotógrafos preparados ideoló­gica e intelectualmente para narrar la rea­lidad en imágenes o cree usted que cual­quiera puede hacerlo?

Es evidente que no seré yo quien critique a mis colegas, y aún mas cuando me consta que cada vez los jóvenes salen mejor pre­parados. Medios y oportunidades no les fal­tan. Nada que ver con la época en la que nos tocó bailar a los de mi generación. Pero tampoco sería honesto si no dijera que esa palabra que usted cita: «ideológica», está un tanto olvidada. A cada uno le toca vivir unas circunstancias y a ellos, por suerte, les ha correspondido una época mucho más fá­cil que la nuestra.

Y es en los momentos de dificultad cuando uno se cuestiona muchas cosas y se hace fuerte en sus ideologías, tanto más cuando eres la persona encargada de mostrar a los demás cómo es tu mundo y cómo se mueve.

Ahora todo el mundo sale mucho mejor preparado intelectualmen­te pero creo que con menor grado de compromiso con la sociedad que nos rodea.

 

–¿Dónde está la poesía de una foto?

Creo que la poesía está más en la cabeza y en los sentimientos de cada uno que en la propia imagen. El fotógrafo propone y el espectador interpreta. Aunque es evidente que hay una serie de autores que impregnan a sus imágenes de una carga de magia y sensibilidad que los hace diferentes y especiales.

 

–¿No hubiera sido mejor para la historia de la humanidad que Dios, en lugar de descansar el séptimo día, se hubiera dedicado a fotografiar su obra para que todo quedase mucho más claro a los humanos?

Al menos hubiera dejado testimonio claro y conciso de lo que creó. Sin duda fue una gran equivocación por su parte. Nos hubiera aho­rrado toda una legión de farsantes y embusteros que están vivien­do de su nombre.

Vengo este verano precisamente de terminar un proyecto desarro­llado en un barrio humilde de la República Dominicana. Es un lugar de no mas de veinte destartaladas calles, sin urbanizar, sin alcantari­llado y donde las aguas fecales corren a escasos centímetros de las inocentes criaturas que juegan con una llanta vieja o con un coche fabricado por ellos mismos con el embalaje de un tetabrik de car­tón al que ponen tapones de botellas de plástico como ruedas. En ese paraíso, donde falta de todo, no falta la asistencia «espiritual» de los diferentes pastores que compiten para ver quién «salva» más almas, y de paso arranca el diezmo correspondiente para su iglesia.

La última noche me paseaba para despedirme de todos los buenos amigos que tengo allí, cuando me topé con unos de los pastores que estaba preparando en plena calle un acto religioso. Hasta ahí todo normal, el problema es que el personaje en cuestión asistía sin rubor ni vergüenza alguna a ese humilde sitio portando un coche todo-terreno de última generación y vistiendo un traje blanco, dig­no de algunos de los regalados al presidente Camps. Me imagino que tendría alucinadas a aquellas pobres gentes, como en su día Hernán Cortes alucinó a los aztecas. Cuanta más incultura, más cal­do de cultivo para sanadores del espíritu.

¡Sin duda, qué gran idea la de pensar que Dios se hubiera dedica­do a dejar testimonio gráfico de su obra! Los millones de muertos que la humanidad se hubiera ahorrado con tanta guerra santa y el progreso que los pueblos hubieran experimentado sin tener que alimentar a tanto sinvergüenza.

Esto no quita que, por supuesto, respete y admire a aquellos que libremente esperan y creen, y también a otros muchos que, en su nombre, se entregan a los demás, aún jugándose su propia vida. Lástima que a costa de estos pocos, vivan la mayoría.

 

–¿Por qué no tienen el mismo valor el retrato que Korda hizo al Ché Guevara y la foto que una familia se hace delante de un arroz un día cualquiera del mes de agosto? ¿O si lo tienen?

Que me hubiera gustado que esta pregunta se la hubiera contes­tado mi gran amigo Alberto Díaz «Korda». En muchas ocasiones le oí explicar cómo hizo esa foto, y ahora me parece escuchar su respuesta a esta cuestión. Seguro que, sin mover un músculo de su dibujada cara, le hubiera espetado: «Mira chico: ¿por qué cojones no va a tener el mismo valor esa otra foto, si es buena?». Como prueba de la humildad de su carácter baste señalar que su foto más querida era el retrato que hizo en 1959 a una niña abrazando una muñeca de palo. Hablaba emocionado de aquella imagen, aquella niña abrazando un simple palo de madera al que trataba con todo el cariño. Korda era pura sensibilidad y compromiso, esos valores que a lo largo de esta entre­vista han salido en más de una ocasión a relucir.

Claro que sí, el poder de la fotografía no estriba en quién se fotografía sino en cómo se fotografía. Hay poderosos retratos rea­lizados a ciudadanos comunes y terribles fotocopias de personajes celebres, aunque no es menos cierto que estos últimos ad­quieren un plus añadido debido a la popu­laridad del personaje.

La foto del Che no es buena por el perso­naje en cuestión sino por la carga de since­ridad que tiene. Y si se conoce la historia de cómo y cuándo se hizo todo se entiende mucho mejor.

Yo pecaría de insensible si dejara pasar esta oportunidad para mostrar mi agrade­cimiento a Korda por lo mucho que me en­seño y por todos aquellos momentos que compartí con él y los que ahora, después de irse él, comparto con su hija Diana y con Rey.

 

–¿Cuál sería la última foto que le gustaría hacer en su vida?

Me encantaría reencontrarme con Korda y todos aquellos que he querido en mi vida y ya no están aunque, por ahora, no tengo mucha prisa. Tengo aún muchos proyectos por los que luchar y, sobre todo, una nie­ta y un nieto: Paula y Sergio, a los que aún me quedan muchas fotos que hacerles para testimoniar sus primeras luces en esta vida. Así que permítame que solicite ese ruego a quien proceda y después, cuando ya no tenga más narices que despedirme, no es­taría nada mal hacerlo con un buen retrato. Un buen escenario, como el faro del mue­lle de Curra, en mi ciudad, teniendo como fondo la histórica bahía cartagenera; y po­sando toda mi familia, familias allegadas y toda la gente a la que quiero, que es mu­cha. Como ve, en este sentido mi gusto es bien sencillo, pero muy sentido.

 

Artículo publicado en el nº 2 de la revista A-Z,  editada por el Archivo Municipal de Algeciras / Noviembre de 2011. / Autor: Federico Fuertes

La fotografia B/N es un autorretrato que se publica junto al articulo. El resto de imágenes pertenecen al archivo de UFCA